Còdols

Piedras que bailan al son del agua, suavizan su tez erosionada por la tierra y el agua.

En su coreografía perpetua, suavizan esa tez antes marcada por la rudeza de la tierra. Sometidos al capricho de la naturaleza, los cantos rodados -Còdols, que da nombre a toda la serie- son esculpidos por el movimiento constante y el roce paciente de las corrientes que los transportan. Poco a poco, el agua y el tiempo les otorgan formas orgánicas y redondeadas, regalándonos presencias profundamente armónicas y suaves al tacto.

Me fascina contemplar cómo la piedra, golpe a golpe y año tras año, se va desprendiendo de sus aristas. Es un despojo inevitable en el que la materia abandona lo superfluo hasta quedarse, únicamente, con lo esencial: su forma más pura y serena.

Al grabar estas tramas geométricas en mi obra, busco capturar exactamente esa cualidad. No me interesa retratar la piedra estática, sino traducir la música que emite mientras rueda bajo el agua. Así, la herida que deja el grabado sobre la plancha deja de ser un simple corte para transformarse en un mapa físico de resiliencia y serenidad.

Còdols trasciende su naturaleza mineral para convertirse en una metáfora de la existencia. Es la representación viva de los cambios que atraviesa todo ser en la naturaleza, ya sea animado o inerte. Nos recuerda que estamos inmersos en una transformación inexorable a la que debemos ceñirnos y, sobre todo, aprender a disfrutar: el tránsito sutil del movimiento a la calma, del caos al orden, de la multitud a la soledad.

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